KFC convierte el pepinillo en tendencia de moda con Picklecore, su nueva campaña en Australia. Vallas publicitarias, un vídeo de estética alta costura y un menú entero dedicado a este ingrediente buscan transformar una guarnición en un fenómeno cultural, con lecciones que interesan a cualquier franquicia de comida rápida.
El pepinillo como protagonista de KFC
La campaña se apoya en el eslogan “no es un adorno, es un estilo de vida” para presentar un menú limitado centrado en el pepinillo: Pickle Burger, Pickle Pepsi Max, Frickles (pepinillo rebozado) y patatas con pepinillo. Detrás del proyecto está Vanessa Rowed, CMO de KFC en esta región del mundo, según el medio Marketing Directo.
De la valla publicitaria a la pasarela: así es Picklecore
La campaña arranca con vallas publicitarias en formato teaser y sigue con una pieza de 15 segundos rodada con estética de alta costura, muy alejada de la publicidad clásica de comida rápida. El despliegue se completa con redes sociales, publicidad exterior, formatos de audio y una colaboración con la locutora y podcaster Luisa Dal Din.

No es la primera vez que KFC apuesta por el pepinillo
Picklecore no nace de la nada. A principios de 2026, KFC ya había lanzado en Reino Unido e Irlanda la Pickle Puffer, una chaqueta transparente rellena de pepinillos. La nueva campaña australiana convierte ese guiño puntual en una plataforma de marca completa, con producto, moda y contenido propio.
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Un ingrediente barato convertido en fenómeno de marca
El pepinillo es, en términos de coste, uno de los ingredientes más baratos de cualquier cocina de comida rápida. Picklecore explota precisamente esa contradicción: un producto humilde tratado con el lenguaje visual del lujo y la moda, lo que multiplica su capacidad de viralizarse en redes sin depender de un gran presupuesto de producto.

Qué gana una franquicia de comida rápida con campañas como esta
Para una red de franquicias, este tipo de campaña tiene una ventaja directa: la inversión en creatividad y medios la asume el franquiciador a nivel central, mientras el tráfico adicional a los locales lo capta cada franquiciado sin desembolso propio. El coste de marketing se diluye entre todos los puntos de venta de la red.
El formato de menú limitado, además, genera una razón concreta para visitar el restaurante en una fecha determinada, algo que ayuda a medir el impacto real de la campaña en ventas por local. Y una idea que se vuelve viral en redes sociales funciona como publicidad gratuita que ningún franquiciado individual podría pagar por su cuenta.
El otro aprendizaje, menos evidente, es de posicionamiento: convertir un ingrediente barato en un símbolo de identidad de marca no exige presupuestos de producto elevados, sino un relato bien construido. Para una enseña de comida rápida que compite por atención en redes sociales, esa combinación de bajo coste y alto impacto cultural es replicable a cualquier escala, incluida la de una franquicia local que quiera aplicar la misma lógica a su propia carta.











