Comprender a la Generación Z y construir para el futuro

11 enero 2023

¿Y si las empresas hicieran las paces con la Generación Z? El gran misterio de nuestro tiempo, los nacidos entre 1997 y 2012 están en boca de todos. Criticados y escarnecidos, estos jóvenes son sobre todo incomprendidos, tomados a menudo como chivos expiatorios de una sociedad en crisis. Es la propia empresa la que se convierte en el escenario de este inmenso malentendido, donde los prudentes directivos
dan rienda suelta a su irritación
con el personal joven e inexperto.


Y sin embargo, nos guste o no, la generación Z (y la generación Alfa tras ella) son el futuro de nuestras empresas. Un futuro que está muy cerca, puesto que estos jóvenes ya han dado sus primeros pasos en nuestras organizaciones y ya están sacudiendo nuestros hábitos y creencias. Así que ya es hora de que nos adaptemos a estos jóvenes. Para conseguirlo, corresponde a las empresas esforzarse por comprender a sus empleados más jóvenes.

La empresa soñada por la Generación Z

A menudo presentada como extremadamente exigente, la Generación Z no pide la luna. Al final, sus exigencias no parecen tan alejadas de las aspiraciones de todo individuo que se incorpora a la vida laboral. Realizamos una encuesta entre los empleados jóvenes. Cuando se les pregunta cuál consideran que es el criterio más importante en su elección de empresa, todos responden: el bienestar en el trabajo. Este bienestar depende de una relación de confianza y respeto mutuo con su jefe, la dirección y el resto del equipo. No piden que la empresa se convierta en un gran parque de atracciones, sino un ambiente sano, amistoso y afectuoso en el que todos puedan ser escuchados.

Inmediatamente después de la calidad de vida en el trabajo, se cita la calidad del trabajo ofrecido. Los miembros de la Generación Z quieren trabajar cada día en un empleo que les guste, en el que puedan crecer, aprender y desarrollarse. Sobre todo, tienen que comprender lo que está en juego en su trabajo y cómo forman parte de una misión compartida. Quieren sentirse orgullosos de lo que hacen y saber que la empresa reconoce su inversión. Por tanto, necesitan realizar tareas que sean gratificantes y que se les atribuyan responsabilidades.

Aquí es donde entra en juego el difícil criterio de la remuneración. Para la Generación Z, la remuneración es importante porque tiene que ser coherente con la tarea realizada. Como admiten de buen grado, buscarán un trabajo interesante por encima de todo, aunque el salario no sea precisamente estelar. Por otra parte, ven la remuneración como una prueba de consideración y consideran un salario demasiado bajo como una falta de reconocimiento.

Generación Z vs. boomers

Una mirada más atenta revela que las exigencias de la Generación Z no son tan extravagantes. Entonces, ¿por qué nos sentimos tan distantes de ellos? Tal vez porque, aunque la petición sea legítima, la forma no siempre está ahí. De hecho, según sus mayores, aunque no piden la luna, los empleados más jóvenes no siempre respetan las normas bien establecidas de la empresa. En particular, se apresuran a hacer afirmaciones y siempre parecen dispuestos a agitar las cosas, demasiado deprisa, a veces demasiado alto e incluso antes de haber demostrado su valía o adquirido experiencia.

Eso es lo que les reprochan sus mayores en la empresa: ser demasiado seguros de sí mismos y arbitrarios. “Podemos oír las preguntas, pero la forma suele ser más bien brusca, directa, franca y a veces binaria. Hay que encontrar formas de relación más elaboradas, más reflexionadas, que hoy no existen”, explicó Robin Coulet, fundador de la agencia Conversationnel, en una mesa redonda organizada por Les Stratèges.

Estas generaciones, que vieron a sus padres llegar cansados del trabajo, que crecieron entre el escándalo de France Télécom y el #Metoo, han comprendido que la empresa es una jungla donde reina la ley del más fuerte. Algunos de ellos llegan con la cabeza llena de ideas preconcebidas y cuchillos entre los dientes, dispuestos a luchar y decididos a no aceptar lo que sus mayores no han sabido identificar como disfunciones. Dan sus primeros pasos en la empresa con la idea de que van a tener que cambiar las cosas, agitarlas y hacerse valer si no quieren que les “coman el terreno”. “Todos los jóvenes que contrato me dicen: ‘¿Y te importa si sugiero mejoras? Al contrario, ¡es crucial! Pero significa que, nada más llegar, tienen la idea de que hay que modificar nuestro futuro”, explica Sylvie Chenivesse, Directora de la escuela Sup de Pub.

Reacciones que pueden ser excesivas en algunos casos, pero que es necesario comprender. Porque, admitámoslo, tienen razón al negarse a soportar prácticas sin escrúpulos. “Descubrieron cierto tipo de verdad antes que nosotros. Lo que antes llamábamos ‘presión’ ahora se considera acoso moral. Creo que están poniendo en palabras cosas que sus mayores pueden haber experimentado pero que quizá no tuvieron la idea o el valor de nombrar”, analiza Robin Coulet.

Comprensión para una mejor colaboración

Las ideas preconcebidas son difíciles de disipar, pero incluso las personas más afectadas por ellas admiten a veces que han descubierto un mundo laboral más solidario y satisfactorio de lo que habían imaginado. Por tanto, corresponde a las empresas tranquilizar a sus futuros jóvenes empleados y adaptarse a su forma de ver el trabajo.

Para Sylvie Chenivesse, las empresas deben ante todo incorporar a los jóvenes y tratarlos como adultos que son. “En realidad no me gusta decir “dar sentido”, se trata simplemente de explicarles para qué sirve su trabajo y dónde encajan con los demás empleados. Implicarles también significa decirles que sus opiniones y reacciones son beneficiosas para la empresa. “En resumen, los jóvenes de la Generación Z necesitan un marco definido en el que puedan disfrutar de su autonomía. Un marco que a menudo son los primeros en pedir.

Otro actor importante en la integración de los jóvenes en el mundo laboral es la educación, y en particular los centros de enseñanza superior, que desempeñan un papel clave en la integración de la Generación Z. “Es un trabajo de locos porque hay que transformar todo un ecosistema, empezando por las personas implicadas. Hay que poner a los estudiantes en el centro, no están ahí sólo para escuchar, están implicados y son responsables de su propio progreso. Lo que queremos decirles es que merece la pena comprometerse, porque al final encontrarán su camino, su pasión. Y después, las cosas suceden de forma natural: si te apasiona lo que haces, eres bueno en ello y serás muy atractivo cuando te contraten”, explica Sylvie Chenivesse.

Por tanto, para calmar las relaciones intergeneracionales y permitir que la Generación Z exprese todo su potencial al servicio de la empresa del mañana, las empresas tienen el deber de cuestionarse y restablecer el diálogo. Más fácil de decir que de hacer, este cuestionamiento es, sin embargo, esencial para comprender el futuro del trabajo. Sylvie Chenivesse concluye: “Nos ensañamos con los jóvenes, pero eso enmascara nuestros propios fallos.

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